Un Líder como Papá

En matemáticas nos ensenaron que el orden de los factores no altera el producto. Pero en el caso de una familia, el orden en la vida de los padres si altera el resultado en la vida de los hijos.
Necesitamos entender que como padres (papá y mamá) somos líderes en nuestros hogares. Liderazgo es influencia, por lo tanto, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo estamos influenciando a nuestros hijos? ¿En qué clase de modelo a seguir nos hemos convertido?
Tenemos 2 caminos:

  • Modelas como jefe de la casa: te impones, ejerces presión para que las cosas se hagan a través de infundir miedo, golpeas puertas y mesas para hacerte respetar o agredes a quienes supuestamente amas, entiendes que todos deben aguantarte el mal carácter y los errores porque eres quien “provee” dinero o hace los pagos, te escudas en que eres  y tu familia fue así y por tanto no cambiarás, deben aceptarte como eres, les exiges que te atiendan porque tú te lo mereces
  • Modelas como líder en la casa: expresas emociones, comunicas amor, sabes dar cariño físico, no tienes miedo de mostrarte como eres, tomas en cuentas la opinión de tus hijos, los involucras en tu vida, suenas y planificas con ellos lo que quieren lograr como familia, les sirves y atiendes con amor, cuidas de ellos.

Ser el jefe de tu casa es algo que se impone, ser papá se gana. Por eso hay padres que no son los biológicos pero su rol es más comprometido y ha trascendido más que si lo fueran. No se trata de convencerlos o autonombrarme papá o mamá, o de lucir bien para las redes sociales, se trata de que nuestros hijos nos llamen papá o mamá porque nos sienten así junto a ellos.
Uno de los síndromes más fuertes hoy en día es el de la FAMILIA INCREÍBLE. Si, como en la película de Pixar. Cada uno de esos personajes se parece tanto a como la sociedad y el sistema han definido los roles de los miembros de la familia. Veamos uno por uno:
Papá increíble: su poder es ser fuerte y no mostrar debilidad alguna. Y es precisamente lo que nos ocurre a los hombres hoy en día. Pensamos que ser vulnerables es sinónimo de ser débiles, cuando en realidad eso requiere ser valientes, dejarnos ver cómo somos y conectar con el corazón.
Mamá increíble: su poner es ser elástica y hacer todo al mismo tiempo. La mujer de hoy, como madres sobre todo se le exige eso y se espera eso de ella. Aunque biológicamente su cerebro tiene la capacidad de enfocarse en varias cosas simultáneas, lo que pasa en el sistema actual es que se ha vuelto una víctima y sobre sus hombros descansa una gran carga del hogar, y esto afecta al punto de que le genera tal estrés y frustración que no puede ser la madre que fue diseñada para ser.
Adolescente increíble: su poder es ser invisible y formar un campo de fuerza. Y es por eso que son conocidos los adolescentes. Pero eso ocurre porque los hemos etiquetado de esa forma y desde que entran a esa edad y comienzan sus cambios hormonales, los soltamos porque su naturaleza es cerrarse, no hablar, no compartir con sus padres, ser rebeldes. Sin embargo lo que necesitamos es ir cambiando nuestra manera de conocerles y de conectar con ellos para generar confianza y apertura, y continuar una manera distinta de relacionarnos como padres e hijos. No como amigos, no somos amigos, somos padres e hijos.
Es verdad que nos pueden llegar a confiar cosas como se las confían a un amigo, pero seguimos siendo padres, con la responsabilidad y autoridad de papá y mamá, no somos sus compinches para apoyar lo que no les conviene, pero a veces debemos dejar que se equivoquen para que aprendan y estar a su lado, no para reprochar y castigar, sino para acompañarles y sostenerles, para cubrirlos y protegerlos, para apoyarlos y abrazarlos, o simplemente para amarles.
La familia debe ser un equipo vinculado que funciones bien en todas sus partes. Se habla de “familia disfuncional” cuando se quiere hacer referencia a una familia de padres divorciados. Y eso es ridículo. ¿Cuantos matrimonios están juntos y el ambiente es totalmente disfuncional en ese hogar por la manera como se relacionan? La funcionalidad del hogar tiene que ver con los acuerdos saludables, con el carácter maduro de los padres, con el amor manifestado, con gestionar las emociones, con estar unos para otros.
Es un reto, nadie ha dicho que es fácil. Tampoco se supone que lo logres solo papá o mamá, puedes buscar ayuda de sicólogos, coaches, para apoyarte. He leído muy buenos libros de relaciones entre padres e hijos, pero lo que se me lo dio la experiencia y la enseñanza que recibí a través de mis hijas.
Soy padre de 3 adolescentes. Ninguna vive conmigo, he pasado por 2 divorcios, y por etapas muy duras de no poder estar ni ver a mis hijas por condiciones diferentes: situación económica, distancia geográfica, distanciamiento emocional. Pero la única manera de lograr acercarme y estrechar el vínculo fue separar lo que tenía que ver con lo relacionado con los divorcios, y lo que ellas significan para mí. No pueden mezclarse esas cosas. Como tampoco ningún otro tema que ponga en peligro la relación con nuestros hijos. ¿Qué me funcionó a mí? Ser vulnerable. Reconocer mis errores delante de mis hijas, pedirles perdón, comprometerme a cambiar actitudes y comenzar a tomar decisiones diferentes para pasar de ser un papá víctima, un papá soltero, un papá divorciado, a un hombre restaurado por Dios con plena capacidad para ser responsable de su rol como papá, y asumirlo. De aquí en adelante asumirlo, dejando de ver atrás, soltar la culpa, el reproche, y comenzar a construir una nueva y mejor relación.
Me ha llevado varios años poder lograrlo, pero ya comenzó a funcionar. Conociendo como piensa cada una de mis hijas, como siente, y como debo conectar con ellas. Respetando sus personalidades e intereses, mostrando un genuino interés en saber de ellas y lo que es importante en sus vidas, aunque a primera vista para mí pareciera que es algo sin importancia, pero para ellas no. Y así hemos aprendido a reír juntos, planear juntos, llorar juntos, fortalecernos juntos, y estar el uno para el otro. A veces no nos hemos entendido, nos hemos disgustado, pero en su tiempo hemos logrado dar algún paso para resolver la situación. Pero eso no se logra llenando apariencias, requisitos de la sociedad, manteniendo y repitiendo esquemas aprendidos en nuestras familias que ya no funcionan para estas generaciones de chicos y chicas.
Recuerdo ese día, no hace mucho, cuando mi hija de 15 años me dijo: “papi creo que debes dejar de esforzarte tanto para hacer tantas cosas por mí y mis hermanas. Tú no tienes que hacer nada para que te amemos. No tienes que desgastarte para probar nada. Inclusive te amamos más que cuando vivíamos todos juntos en una misma casa antes que mami y tú se separaran. Eso que sientes es culpa, y no tienes por qué sentirte culpable. Lo has hecho bien, y estamos orgullosas de ti”.
Esa conversación fue posible porque desde niñas sembramos en ellas la confianza para acercarse a nosotros como padres y poder decir lo que pensaban o sentían, porque han crecido con su propia identidad, no con la nuestra, y porque este proceso que tuvo mucho dolor también ayudó a que ellas formaran su carácter. Al final todo está obrando para bien, y todos hemos aprendido y crecido juntos.
Termino con esto: poder enfrentar tantos retos en nuestras relaciones de padres e hijos solo es posible si hacemos lo que nos corresponde de manera intencional y genuina, basados en el amor y no en el miedo, la culpa o la ira, y haciendo girar el hogar en torno a Dios para sanar lo que debe ser sanado.
 
“Él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres.” (Malaquías 4, 6)
Autor: Ricardo Cañas. Papá de adolescentes. Coach. Speaker. Formador de equipos y líderes. IG: @ric.canas